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La Isla de Aix

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La Isla de Aix (Ile d’Aix en francés), llamada Isla Dais o de Ay en un pasado lejano, tiene la forma de una media luna verde y arenosa con poco relieve. Su extensión es de unas 130 hectáreas bordeadas de playas, calas y rocas. Caminando a buen paso, puede uno recorrer los tres kilómetros de largo y 600 metros de ancho en la parte central, que a veces queda cubierta por las fuertes mareas, en dos horas. O menos si se va a caballo o en bicicleta... Tocando casi sus costas, el Fuerte Enet y el imponente Fuerte Boyard
-* un gran programa de la televisión francesa lo hizo famoso hasta Quebec
-* velan sobre Aix, la más meridional de las Islas del Ponant.

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Por el puente levadizo del puerto, se accede al pueblo, muy representativo de la arquitectura militar de nuestro país. Vauban y Ferry inventaron el primer sistema de fortificación de la Isla así como un trazado del pueblo con tres calles anchas que salen desde el campo de maniobra. Las grandes obras realizadas durante el reinado de Louis XVI, durante el periodo del Imperio y más adelante, no han modificado una fisionomía que la ley protege ahora contra los efectos del tiempo, y otros más graves aún, los errores y decisiones irrazonables del hombre. La Iglesia de St-Martin y su cripta son los primeros testigos de la historia de la Isla del siglo XI y fueron perfectamente restauradas en 1970. Al igual que la famosa Casa del Emperador, abierta desde 1928, se volvió a permitir la entrada a fieles y visitantes.

Los habitantes originarios de la Isla de Aix provienen en su mayoría de las islas vecinas, la Isla de Ré y la Isla de Oléron, pero también reflejan las diversas corrientes de población provocadas por las contingencias de la vida militar y la historia. Se observa, por ejemplo, un flujo acadiano resultante de los hechos del "Grand Dérangement" de Canadá en 1758. La inauguración en 1994 del Muelle de Acadia por parte del Señor Benoît Bouchard, Embajador de Canadá en Francia, subrayó el papel de la Isla en esta tragedia.

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La población residente varió a lo largo de los siglos con arreglo a la vocación religiosa y militar de la Isla, desde una quincena de monjes de Cluny durante la Edad Media hasta más de 600 residentes permanentes en 1872. En el siglo XVIII, que se puede considerar como la cumbre de su historia, Aix ha sido no sólo un elemento esencial del sistema de defensa de nuestras costas y del Arsenal Real de Rochefort, sino también un punto privilegiado de partida para las colonias, sobre todo hacia Nueva Francia.

Durante el período napoleónico, otra época clave de su desarrollo, varios millares de hombres fueron acuartelados en la Isla, aportándole notoriedad, seguridad y la holgura. Aunque el papel militar disminuyó progresivamente, volviéndose la Isla en repetidas ocasiones, un lugar austero de detención, la población permanente ascendía los 400 habitantes al principio del siglo XX. Durante la guerra de 1914-18, se contaron hasta 1500 personas, incluidos la guarnición y los presos de guerra. Después llegó la decadencia, ampliamente vinculada a la del Arsenal de Rochefort, frenada sin embargo en 1925 por las iniciativas del escritor de Saintes, Pierre Chanlaine, y el Barón Napoléon Gourgaud. Ambos son los fundadores de la Sociedad de los Amigos de la Isla de Aix, cuyo “llamamiento” solemne permitió que se reconociera oficialmente el carácter histórico de la Isla para abrirla luego al turismo. Y devolverle la vida.

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Con 200 habitantes permanentes en el último censo de población, la Isla de Aix es actualmente uno de los municipios más pequeños de Francia (257 electores), pero sin duda alguna uno de los más atractivos. La suavidad de su clima, la belleza de sus paisajes, su formidable potencial náutico, y también el arte de vivir, explican la elección de los que, de una manera u otra, decidieron establecerse allí para vivir la aventura de la insularidad. Y el de 250 000 visitantes que recorren cada año, o mejor dicho cada verano, las pocas calles con sus casas bajas encuadradas por suntuosas malvarrosas.

El pasado de la Isla de Aix, tan francés como inglés, tan católico como protestante, fue asombrosamente rico. Si el episodio napoleónico se conoce bien – se sabe que fue allí donde los ingleses le obligaron finalmente al Emperador a rendirse sin gloria pero tampoco sin deshonor –, no podría eclipsar otros grandes momentos, a menudo desconocidos u olvidados : desde la época prestigiosa de los monjes de Cluny hasta los días oscuros de la Convención, de Saint Malo a Montalembert y Choderlos de Laclos, de Condé hasta La Fayette, de la conquista de las colonias hasta la detención de Ben Bella, la historia de la Isla de Aix y de los hombres que pisaron su suelo está estrechamente relacionada con nuestra historia nacional, tanto con sus éxitos como sus fracasos.

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Maisons basses dans le village

Su futuro, generalmente incierto, se ve más seguro de ahora en adelante. Con el paso de los años, la vocación turística y cultural de la Isla se afirmó (la renovación del Fuerte de la Rada, la restauración del cuerpo de guardia y los proyectos vinculados con el magnífico Polvorín son unas ilustraciones recientes). Valientes iniciativas permitieron una reactivación significativa en materia de ostreicultura y agricultura, cuando la viticultura y la pesca declinaban. Desde hace poco tiempo, unos viñedos están volviendo a dar un aspecto digno a terrenos abandonados durante muchos años. Cuando llegue el momento, los grandes proyectos podrán poner más de relieve la vocación náutica de la Isla y sacar provecho de una situación envidiada por muchos en unas de las aguas más famosas de Europa. Se ve claramente como la Isla de Aix tiene capacidad para abordar con confianza los próximos años de este siglo. Sin embargo, el equilibrio entre la gente y las cosas, aquí más que en otro lugar, es muy precario. No hay duda alguna en cuanto a la necesaria vigilancia para conciliar lo mejor posible la aportación indispensable del cada vez mayor turismo de paso, y la preservación de un sitio tan excepcional como frágil.

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Page modifiée le 28 mars 2017

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